Imaginemos que Tarragona dejara de controlar el aparcamiento: puertas de garaje bloqueadas, salidas de colegios caóticas, coches mal aparcados… El caos. ¿Cómo lo solucionarías? Podrías reducir el horario de circulación para que hubiera menos conductores incumpliendo las normas. O podrías limitar la circulación: unos días para las matrículas pares y otros para las impares, y así reducir el número de infracciones. Evidentemente nada de esto tendría sentido. Al final, gran parte de nuestro cumplimiento de las normas se basa en que existe una autoridad que controla y sanciona.
Pues con las terrazas estamos haciendo exactamente eso. Intentamos solucionar los problemas reduciendo horarios o limitando la cantidad, cuando el problema real es la falta de control que ha habido sobre ellas durante años y por la que una gran mayoría de restauradores estamos pagando las consecuencias de una pequeña minoría insolidaria con su propio sector.
Pero, ¿qué significan realmente las terrazas para los tarraconenses? Las terrazas forman parte de nuestra manera de vivir. Piensa en cuántas conversaciones importantes has tenido en alguna terraza. Aquellas tardes tomando algo mientras “rambleabas”. Las sentadas interminables en época universitaria. Aquella primera cita con alguien especial. O ese momento en el que compartiste una noticia importante. Cuántas celebraciones con los seres queridos que están… y con los que, por desgracia, ya no están. Porque las terrazas y los restaurantes forman parte de muchos de los recuerdos más bonitos de nuestra vida. Y quizá por eso cada día siguen llenándose, haciendo de Tarragona una ciudad llena de vida.
Las terrazas no existen aisladas del resto de la ciudad; forman parte de un ecosistema mucho más amplio. Y en cualquier ecosistema, alterar una sola pieza acaba teniendo consecuencias sobre todas las demás. Cuando se restringen los horarios de las terrazas, las consecuencias no afectan únicamente a los restaurantes o bares con terraza. Toda la hostelería de Tarragona, tenga o no tenga terraza, está experimentando una caída drástica de clientes en las cenas. Y no es difícil entender por qué. Si nos planteamos quedar para cenar a las 21:30h, entre que llegamos, pedimos y cenamos, lo normal es terminar sobre las 23:30h. Si a las doce de la noche las terrazas cierran, acabaremos por planear nuestra cena en otra ciudad donde podamos tomarnos un helado o una copa después de cenar. Y esas ciudades vecinas, mientrastanto, se están frotando las manos.
Según datos facilitados por Makro, las compras de hostelería están aumentando en poblaciones vecinas durante meses en los que históricamente descendían. Al mismo tiempo, en los códigos postales de Tarragona ocurre exactamente lo contrario: están descendiendo en los meses en que deberían subir. Y las consecuencias no afectan únicamente a grandes distribuidores: también pueden acabar afectando a sectores emblemáticos de nuestra gastronomía. Tarragona presume de sus vinos, pero no olvidemos que cerca del 65% del vino de la DO Tarragona se consume en restaurantes. También nos sentimos orgullosos de la lonja del Serrallo, pero alrededor del 85% del pescado de la lonja termina en nuestros restaurantes. Y lo mismo ocurre con agricultores, ganaderos, distribuidores, pequeños productores y empresas que viven, directa o indirectamente, de la actividad de la hostelería. Porque cuando la hostelería se debilita, las consecuencias van mucho más allá del propio sector.
Cuando un amigo vuelve de viaje, lo primero que preguntamos muchos es si le ha gustado el destino, y lo segundo es qué tal se come allí. Cada vez más destinos se eligen por su gastronomía, y Tarragona no podrá seguir manteniendo este alto nivel gastronómico si deja de ser una ciudad capaz de atraer talento o de retener el talento que ya tiene, evitando que termine marchándose a ciudades vecinas por falta de perspectivas de futuro.
Con estas reflexiones no estamos diciendo que la hostelería tenga que estar por encima del descanso vecinal; al contrario. El Ajuntament ha reunido en varias ocasiones a la hostelería con asociaciones vecinales y ambas partes hemos llegado a la conclusión de que nuestros problemas no son opuestos, sino comunes: el incumplimiento y el incivismo de unos pocos son el verdadero problema. Comprendemos la impotencia que sienten los vecinos cuando llaman para denunciar estos hechos y nadie se presenta para solucionarlo dando al incivismo una sensación de impunidad.
Pero la solución no es reducir todavía más los horarios; la solución es controlar las calles. La hostelería de Tarragona no podrá mantener este alto nivel gastronómico y de actividad si, de los siete días de la semana, tan solo dos podemos abrir más allá de las doce de la noche, unos horarios que fueron aprobados por el Pleno.
Reconocemos y agradecemos el esfuerzo del Ajuntament por reforzar el control, y pedimos a la Guardia Urbana un verdadero esfuerzo para controlar el incivismo y garantizar el derecho al descanso de los vecinos. Es la única manera de que poco a poco puedan ampliarse los horarios de las terrazas, la hostelería pueda respirar y los vecinos vean respetado su derecho al descanso. Todos nos jugamos mucho en ello.
Javier Escribano
President de l’AEH Tarragona Ciutat




